Como siempre, vacío por dentro, llegó a casa pasadas las diez. Era la última noche antes de partir y se había querido despedir de ella. Ese día había vuelto a ver lo de siempre. Aquellos minutos volvieron a su mente. En el último momento se había dado cuenta de que algo en él había cambiado. Fue cuando, mientras ella hablaba y sonreía, clavó su mirada en el horizonte y, a pesar de tenerla delante, la atravesó como si no existiera. Lo mismo que a la montaña, la ignoró para salvarse. Había perdido, y en su cabeza, de repente, aparecieron aquellas palabras: Si la ayuda sirve de algo serás un héroe; sino, serás un entrometido. Toda su vida había aspirado a no entrometerse. Nunca había querido ser un estorbo, y para la única persona para la que no hubiera querido serlo, había acabado siéndolo.
Mientras ordenaba meticulosamente su equipaje, pensó en lo triste que era ya no recibir sus llamadas. Hacía ya tanto tiempo, que le pareció que ni la conocía. Ni recordó la última vez que había reído delante de ella. Se había convertido en una desconocida.
Sus manos temblaban del miedo. Por primera vez se había levantado y había decidido marcharse. El corazón se le había estremecido, pero se había acabado yendo. Sabía que hubiera hecho lo que hubiera hecho, ella le había sacado de su vida. Y lo respetaba.
Delante del espejo, Joji, vio en que se había convertido. Su mirada ardía. El cristal le devolvió a la realidad y, observando entonces a su alrededor, se dio cuenta de que estaba solo. Siempre lo había sabido: si subo, subo sólo; si llego, llego solo, si fracaso, fracaso solo… si muero, muero solo. Ese había sido su asidero para mantenerse a flote; esa había sido su salvación hasta que había conocido lo que era no estarlo. En ese momento, inesperadamente, algo le atravesó. Repentinamente, Kishi volvió a su cabeza. Pensó en aquella cordada y en el extremo cortado de la cuerda. Kishi cumplió su palabra. Pensó en Fukamachi y el la admiración que éste le profería. Pensó en que para ellos él sí había sido importante. Un escalofrió le erizó la piel, y, entonces, delante suyo, apareció la sonrisa de Reiko. La vio reir como siempre y, sin darse cuenta, él también sonrió. “Nunca quise ser basura” y tras mucho tiempo, la dureza de su rostro desapareció. “Nunca quise nada de esto”.
Con las manos tapándole la cara, apoyó la frente en las rodillas y, agotado, sacudido por la emoción, hizo lo único que le quedaba: Imaginó.
Cuando hayas agotado todos los recursos para seguir avanzando...
Cuando sea imposible dar un solo paso más, entonces...
Imagina.
Imagina con todas tus fuerzas.
Imagina...
18 de septiembre de 2009, domingo.
domingo, 27 de septiembre de 2009
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Veo ahí parte de Don. Veo a Don y me viene un escalofrío.
ResponderEliminarBikar.
Imaginé,
ResponderEliminary en mi mundo sólo había estrellas,
secretos de luz que aparecen
cuando todo está quieto,
deseos expectantes de realidad;
farolillos que balancean en la noche
esperando un nombre al que entregar
la llama de su alma.
Imaginé,
pero quise despertar,
para no perderme la luz, la luna, la brisa...
tu nombre firmado en las estrellas...
y ya no quise imaginar.